Cuando me dijeron que papá había enfermado yo tenía 12 años. Volvía de la casa de una amiga cuando mi mamá me dijo que tenían que hacerle una intervención. Dijo que no era nada grave, pero que era a la vez algo serio. Tenían que extirparle un tumor. Meses después descubriría que tumor es sinónimo de cáncer.

Los meses pasaron y ver a mi papá en el hospital ya se había hecho costumbre. Varias veces lo acompañaba a sus sesiones de quimioterapia y esperaba en la sala de espera mientras veía a muchas personas pasar con sus cabezas peladas. “Qué triste”, pensaba yo, ya que papá seguía teniendo el poco pelo que siempre había tenido. Lo veía fuerte. Lo veía ir y volver del trabajo normalmente. Todo era normal, a excepción de cuando tenía vómitos y tenía que volver al hospital. Su doctora era directora de teatro y yo desde chica siempre quise ser actriz. Ella era muy amable, y mientras atendía a mi papá me contaba historias de escenarios. Yo le contaba a la vez que siempre me había gustado actuar.

Pronto papá dejó de trabajar y mamá tuvo que empezar a hacerse cargo. A papá le costaba mantenerse en pie y los dolores eran siempre muy fuertes. Los quejidos retumbaban en el departamento de Céspedes y yo corría hacia la cama de ellos, como hacía desde chica. No podía ver eso. Mamá me decía que me fuera mientras intentaba sostenerlo a papá. Yo lloraba. Me sentía sola. Tenía miedo.

Esa semana misma lo internaron. Yo rendía una de las últimas pruebas de matemática, mi peor materia desde siempre. Tenía que tener la mejor nota para mostrársela a papá. Sabía que eso iba a ponerlo muy contento y esperaba que como premio me contase una vez más aquella historia de las serpientes que habitan en los campos. Siempre que me la contaba, cuando llegaba a la parte de las ramas, me pinchaba en la pierna con lo que tuviese a mano. Y aunque yo sabía que lo iba a hacer, fingía que me asustaba siempre igual. Y me reía.

Esa semana no me dejaron verlo. Por lo que escuchaba cuando hablaba mi familia, estaba recibiendo morfina para calmar sus dolores. Sólo me dejaban ir hasta el hospital y no podía pasar del hall de entrada. Las paredes recuerdo eran blancas y los pasillos a altas horas de la noche estaban inhabitados. Todos entraban y salían de la habitación. Todos menos yo.

Era sábado cuando mi tío vino a buscarme para llevarme al hospital. Yo estaba jugando con mi prima cuando sonó el teléfono. Durante todo el camino él fue diciéndome que tenía que siempre estar lista para todo en la vida. Fue repitiéndome que para ser chica siempre había sido muy fuerte. Cuando frenamos mamá venía caminando desde el hospital. Llegó al auto y llorando. Me abrazó. Me dijo que lo último que él había preguntado era cómo me había ido en mi examen de matemáticas. “Diez se sacó”, le contó mamá. Él había sonreído. Era todo lo que yo quería.

Aunque amo el agua siempre le tuve miedo a las grandes profundidades y a la lejanía de las costas. No sé lo que debe ser perderse en un océano, pero así me sentía. Un frío me recorría el alma y la sensación de que me soltaban la mano me creaba un nudo en la garganta. Me ahorcaba. Tanto como aquella vez que él me había soltado para que aprendiese a andar en bicicleta. Pero esta vez todo dolía más que aquel golpe que tuve al caer.

Dos días después volví al colegio. No sé por qué. Con el alma fría estaba ahí, parada en la fila casi a lo último como si nada hubiese pasado. La maestra con una especie de temor pronunció casi de lejos y por lo bajo “lo siento mucho” y no, no lo sentía mucho. Mis compañeros no me hablaron. En general no muchos los hacían, pero quienes sí solían conversarme no supieron qué decir. No los culpo a ellos. Siempre culpo a sus padres. Pero ese es otro tema.

Pronto transformé todas mis ropas al color negro, en una especie de luto que yo misma podía entender. El dolor se transformaba en fortaleza y la imagen de mí misma consolando a mi madre en el entierro nunca se me iba, la conservo hasta el día de hoy. “Tomá agua, mamá. Eso te ayuda a hablar si tenés un nudo en la garganta”. Papá estaba sólo en el cajón y nadie lo lloraba tanto como yo lo estaba haciendo por dentro. “¿Por qué me dejaste? ¿No te diste cuenta de que no estoy lista?” le decía en silencio mientras me acariciaban la cabeza y le seguían trayendo flores. Estaba bien, porque siempre le gustaron las flores naturales.

Los años así fueron pasando y ese fue sólo el comienzo de la sensación que me acompañaría por el resto de mi vida. No puedo decir que si no lo viviste, no lo conoces. Pero quizás alguna vez hayas sentido algo parecido. El correr de las cosas me obligaron a dejar mi habitación, a prender las luces, a limpiar todo de nuevo. Y por momentos soy la persona más estable, y te puedo enseñar a vivir. Y te puedo decir que se puede, que yo aprendí que se puede. Que la fortaleza está dentro tuyo y que así, al menos, podrás sobrevivir un par de años. Y todo eso es verdad: se puede. Casi cada cosa que me propuse hacer la conseguí, y estoy tan, pero tan agradecida. En serio, si hay algo que estoy es agradecida. Pocos habrán apreciado a este mundo con mis ojos, con mi mezcla tan extraña de dolor por lo hermoso y amor por lo pequeño. Pero tanto como se puede, cuesta. Y cansa. Y duele. Y es hermoso pero duele. Y ese océano en el que te dejaron flotando de repente sigue estando, tan sólo te olvidás, a veces, como si te hubiesen drogado con algo. Aprendí que el amor está en uno mismo pero que también uno nace solo y muere solo. Hoy tan solo estoy cansada. Estoy escribiendo esto algo cansada. Y tengo miedo de nuevo. Se siente como aquel momento en el que me abrazaron y me dijeron que habías muerto. Y te extraño tanto, papá, que me está matando el alma y nadie se da cuenta porque siempre supe fingir muy bien y siempre fui un signo de fortaleza. Pero es todo una gran farsa. Y ninguna persona que lea esto me va poder hacer sentir de diferente forma. (Porque hasta ya he amado, y es casi tan doloroso el reflejo que se ve en la otra persona como el de un filo penetrándote en la piel).

La persona dura que soy es lo único que me ayudó a llegar hoy a estar así. Viva. No pido que me entiendas, pero quiero descansar. A veces es tan difícil pedir ayuda. Quizás alguna vez herí algún sentimiento buscando salvar los míos. Si es así pido perdón.

Perdón.

Treinta y dos

Reconozco

ese paso desganado

aquel ruido de tu puerta

el invierno que te traía de su mano

y te arrastraba

vos entrabas distraído

te sentabas en tu cama

me mirabas

yo jugaba a estar dormida

y yo sabía

que el tiempo silencioso desgastaba 

te gritaba en silencio, que ahí estaba

tenía miedo

tenía miedo y tu cama dejé vacía 

no es mentira todo lo que no dije

nunca me fui, mi amor

caminé unos pasos fuera de casa

cerrá los ojos

no me esperes

en el borde de tu cama, cada una de las noches

en silencio sostengo tu mano todavía.

Treinta

image

- Esta situación es muy extraña. ¿No te parece extraña? 

- No.

- Entonces me decís que todas las noches dormís en la misma cama que tu ex.

- No. Pero no es que estás por dormir con un ovni. Soy más un objeto muy identificado que uno que no.

- Qué hacés acostada en mi cama.

- Intento dormir. 

- Dale, me vas a decir que te viniste a acostar conmigo porque querés dormir. 

- Eventualmente. 

- Estás acostada en mi cama. ¿Por qué estás acostada en mi cama?

- Porque te pregunté si podía dormir con vos y me dijiste que sí.

- ¿Y por qué me preguntaste si podías dormir conmigo?

- ¿Y por qué me dijiste que sí?

- No seas hija de puta.

- Mirá, la tormenta no fue mi culpa. El no poder salir de acá, tampoco. Quise dormir acá para no dormir sola. No te hagas la cabeza y dormí.

- Estás acostada en mi cama. Ay dios mío. 

- Mirá, si seguís así me voy a dormir a la habitación de tu hermana y punto. 

- No, no, no. Quedate. Me callo. 

- No es tanta locura.

- No suelo dormir con una mujer con la que no haya tenido sexo antes.

- Nosotros no teníamos sexo todas las noches, te recuerdo.

- Bueno, con vos era distinto. Con vos era amor.

- No me vengas ahora con eso del amor. 

- No, en serio. 

- Ya no me desvisten ni los “te quiero”, te aviso.

- Dale, tarada. En serio era amor. Todavía te miro y me sale el “hola, mi amor” del alma. 

- Con el tonito ése y todo.

- Creo nunca haberte llamado de otra forma.

- Y yo no te recuerdo ningún otro apodo.

- ¿Nunca pensaste en…?

- Si, de vez en cuándo. Pero ya sabemos cómo sigue después todo. En la calle le dicen “el miedo a arruinarlo”.

- Es como que tengo ganas, pero a la vez no.

- Yo también. Pero volver a vernos sería muy complicado. Dejemos todo como está.

- ¿Te acordás que pasaban los años y cada vez que nos separábamos decíamos que si no era en ése momento sería después, pero sería igual?

- Sí, me acuerdo. Cuando todavía éramos boludos y románticos y creíamos que todo podía estar bien. ¿Cuándo fue la última vez que dijimos eso?

- Hace un año. 

- ¿Qué dijimos?

- Que en un año volvíamos.

- Dejó de llover. Mejor dormir.

- Buenas noches, mi amor.

- Buenas noches. Te amo.

Veintinueve

una buena noche aprendimos

aprendimos y nos reímos de ellos

ellos, los que fuerzan constantemente todo

reímos en la seguridad

de estar destruyendo los parámetros

del sexo vacío y sin alma

destruyéndonos nosotros

y volviéndonos a crear

entre sábanas, entre canciones

ambos en medio del cielo y de la tierra

entre las palabras y el silencio

entre el espacio que existe dentro de todo ese ruido

cuando todo ese ruido es lo que pensás

me permito frenar 

para descansar sólo la mirada, y sólo en tus ojos

con una sola seguridad

y es que mañana despertaremos y eligiremos

elegiremos de nuevo

simplemente no elegir nada y dejar actuar al universo

que no exista el tiempo, que no exista un segundo más

fuera del que estamos

ahora

éste

en el que mi mano toma tu mano

y la otra roza tu piel.

Veintiocho

- Vos tenés grandes problemas en tu mente, sabías?

- Lo sé. Pero el mayor lo tenés vos, que elegís dormir conmigo.